domingo, 1 de marzo de 2009

ALMENDRAS. HIEL Y AZÚCAR.

Aquí os dejo la nueva aportación al proyecto guirlachero. Las horas se hicieron días. Si alguien lo estaba esperando, perdón por el retraso. Por cierto, tengan cuidado al masticar.




A las ocho y diez de una mañana anaranjada, esperando el transporte colectivo que le llevará a la áspera oficina, Guillermo imaginaba que estaba en el camino de vuelta a casa, andando deprisa con las manos en los bolsillos, deseando llegar, tomarse un café con leche y meterse bajo el edredón con la ventana de la habitación abierta de par en par, con la satisfacción de un corredor de cien metros lisos que acaba de cruzar la meta en una final olímpica. La peluca que llevaba en la mano le recordó que sólo era una imaginación.




Había dejado a su hijo en la puerta del colegio, como todos los días si no contamos que en esta ocasión el pequeño Tomás ocultaba sus ojos detrás de unas gafas de color miel quemada y agarraba como si fuera la capa de Melchor de Oriente un saxofón de juguete con el que en compañía de sus saltarines compañeros de clase iba a celebrar la llegada del carnaval. Llévate la peluca, papá, ninguno de mis amigos la ha traído, no la quiero dijo Tomasín ante la sorpresa de su palo. Y ahí estaba, en la parada, con una esponjosa peluca de rizos negros llenos de papelitos de colores recuerdo de la nochevieja apenas olvidada después de haber revuelto buena parte del armario ropero buscando lo que todos mis amigos van a llevar. ¿Qué puede hacer uno en una situación así?. Llevar la carga con la mayor dignidad posible, miles de estafados lo hacen a diario. Eso sí, no tienen que soportar las miradas extrañadas de quienes les rodean.



El transporte llegó en el momento que las luces del panel habían pronosticado. Guillermo, impecablemente vestido, abrigo azul de bolsillos demasiado pequeños y bien que lo lamentaba sobre todo en una ocasión como aquella, zapatos y pantalón a juego, una bufanda en el lugar que debería ocupar la corbata que nunca lleva, se montó de un salto mientras agarraba con rabia una pelambrera negra como un túnel en Etiopía y rizada como el mar de su infancia. Pagó el billete y se introdujo en aquel espacio alargado apartando educadamente a los viajeros que se empeñaban en cortar su marcha. Se sentía ridículo con aquel inesperado equipaje de mano y estuvo seguro de que todas las pupilas le observaban con perplejidad.



Dejó a su derecha a un negro que se agarraba a la barra con la expresión de quien se ha tropezado con una medusa en las calientes aguas del Mediterráneo. Vestía una elegante chaqueta blanca, sin duda inadecuada para la temperatura reinante que parecía no preocupar al enjoyado pasajero víctima de los dictados de la moda entre los de su raza o aspirante a conseguir una prenda de abrigo en cuanto empeñara el oro de su oreja y el amarillo lechoso de su cuello y muñeca, si es que tenía la suerte de que fueran auténticos. Miraba con despreocupación desde su corta estatura y parecía a punto de arrancarse con el ritmo funky que le corría por las venas. Unos pasos más allá Guillermo sorteó como pudo a otros tres pasajeros que dejaron a su paso un acento compartido con buena parte de los futbolistas de la liga española. Quería llegar a la plataforma y descansar un rato pensando en el día que tenía por delante y en la peluquita en custodia.



Los tres sudamericanos parecían sacados de otro tiempo. El que veía a su izquierda, sentando del lado del pasillo, cortando el paso a una señora que miraba por la ventanilla ajena al espectáculo dulce de su lado ensimismada en unos auriculares blancos, era provocadoramente guapo. Le veía de perfil, la barba rubia mal afeitada, el cabello del mismo color no excesivamente limpio en un desorden que bien pudiera ser estudiado. Llevaba un jersey gordo de lana de cuello vuelto, un pulóver de cuello gordo vuelto de lana, una prenda de vuelta de algún cuello gordo lanudo de un gris inexplicable. En un momento sacó unas gafitas del bolsillo y completó el cuadro de buen chico que estudia para sacar a su familia adelante a base de becas y algún trabajito esporádico. Parecía un actor novel de película meridional, de ésos que hacen suspirar a las madres y perfumarse a las hijas. Escuchaba, callado desde un lugar lejano, la conversación acerca del Uruguay y su población constante a lo largo de tantos años entre el compañero que se sentaba al otro lado del pasillo y el que quedaba de espaldas a la visión de Guillermo. El que estaba sentado parecía un montañero. Barba poblada sin arreglar, un forro preparado para el ataque final a cualquier ocho mil y unas botas a las que tenían que haber amputado parte de la suela gangrenada en la última ascensión. Parecía necesitar una buena ducha y un caldito caliente preparado por las expertas manos de su novia que le espera en el campamento base mirando a hurtadillas las nubes barrigonas que no presagian nada bueno. Guillermo estira el cuello intrigado por la conversación que escucha a medias, las frases del interlocutor de la espalda amortiguadas por el ruido del viaje, perdidas en el espacio que se extiende al otro lado, ajenas a las teorías de la acústica que tan bien conocían aquellos jodidos griegos y los copiones de los romanos. Recordó su viaje a Mérida y lo estúpido que se sintió subiendo por las gradas del teatro, empujado por la voz de Luisa que le decía que se colocara en lo más alto, que tenía algo importante que decirle y que iba a alucinar cuando se diera cuenta de que parecía que se lo estaba susurrando al oído. Te quiero. Siempre supo que eran esas ocho letras las que había pronunciado por mucho que ella las negara al poco tiempo, Pedro moderno pero igual de traidor. El último vértice del triángulo bermudeño, más escaleno que equilátero, se completaba con un toque tecnológico que desentonaba con la estampa de geometría antigua como un moribundo a las puertas de una joyería. Una maletita de lona que a buen seguro custodiaba un ordenador portátil que utilizaban para seguir las clases en la universidad, para conversar con su gente transoceánica preocupada por la larga ausencia y la poca plata que llevaron a la madrastra apátrida. Guillermo está seguro de que siguen hablando del Uruguay, de los orientales y sus problemas demográficos, y aunque le gustaría hacerse una idea más clara de lo que debaten, seguro que le ayudaría a completar la estampa que su acalorada imaginación está esbozando, un sentido del pudor que le acompaña desde que es capaz de recordar le hace girar el cuello a su derecha para encontrarse con unos ojos que le miran.



Son los de una señora con cara de asco que parece oler un pútrido aroma de almendras amargas, que sigue con la mirada el aire del vagón como si quisiera encontrar al causante de su desagrado y abriendo la ventanilla hacerle marchar con viento caliente a otro sitio. A ratos mete su nariz, esculpida a base de bisturí, entre el cuello de su abrigo de piel de zorra buscando el rastro animal que le recuerda las cacerías en la campiña de Folksdales, buscando, más posiblemente, el olor dulzón sobre base de miel del Peloponeso y un ligero toque anisado del carísimo perfume que le regaló su marido cuando aún tenía mala conciencia después de cada sesión de sexo sumiso que practicaba con su compañera de despacho, aquella belleza pornográfica que casi le hizo acabar con su brillante carrera de abogado especializado en delitos fiscales. La señora está fuera de sitio, decididamente, ya lo cantaron aquellos movidos hace años, y todo el pasaje debe andarse preguntando cómo ha terminado en aquel lugar a aquella hora. Puede que esta mujer hecha a sí misma, a base de recortar las fotografías de las revistas de moda para componer un retrato robot con el que espantar al carísimo cirujano plástico por cuyas manos tantos famosos habían pasado, sólo puede ser, que hoy haya decidido hacer una locura y haya querido coger el transporte público para ver qué se siente. El famoso cirujano tenía una ética profesional que se tambaleaba ante el papel del talonario de las clientas, que acudían a él buscando unos labios irrechazables, unos pómulos marmóreos, un hoyuelo en el mentón en el que hicieran eco las envidiosas voces de sus amigas, qué lástima aquella nariz fallida que copió de una actriz de telenovela de tan efímera fama como vestuario. Ella no es una de esas mujeres que se levantan temprano, ponen en marcha su casa, reparten algo de amor que esconden en los rincones, salen corriendo a un trabajo que no les gusta y vuelven agotadas por la noche, el marido roncando en el sillón y los hijos vaya usted a saber. Basta mirarla un momento para darse cuenta de que ella no es una de esas mujeres. Aquí y ahora bien podría venir de una juerga de champán y pelotillas de caviar, esas ojeras azuladas como berenjenas hacen descartar una madrugada al uso, aunque ella no debería haber subido a este sitio, cejas circunflejas al intentar comprar el billete con cincuenta euros, atontada por el traqueteo y este olor que no podrá olvidar. La señora es más bien de las que suben y bajan de coches caros, descapotables a ser posible, conducidos por elegantes pretendientes, maduros o insultantemente jóvenes pero siempre elegantes y adinerados, una ráfaga lejana a lo Gary Grant, la envidia de ellas y el disimulo de los demás. Cuando vio subir a Guillermo se sintió más tranquila. Llevaba un rato con el bolso bien apretado, tentada de bajarse en la siguiente parada, esos tres sudacas que la miran demasiado y cuchichean entre ellos. El caballero del abrigo con los bolsillos demasiado pequeños se ha interpuesto entre ella y los delincuentes. Pero hay algo que la desazona, esa extraña peluca que intenta ocultar a la vista de los demás, seguro que tiene una buena razón para ello. Al cabo de un rato de estar mirándole, el caballero Guillermo vuelve sus almendrados ojos color miel hacia ella y ésta no puede sino bajar la mirada como manda la buena educación y aconseja la prudencia. Una pincelada dulce de aquél la atraviesa y va a posarse sobre su vecino pasajero.



Éste era un tipo que callaba pero que parecía que en cualquier momento podía empezar a hablar y ya no parar. Eso sí, nadie podría asegurar que lo que fueras a oír tuviera necesariamente que gustarte. Si no llevaba la palabra peligro tatuada en alguna parte de su cuerpo sería por el mismo tipo de olvido que hubiera podido dejar sin el cartel de silencio por favor a cualquiera de las paredes de las consultas médicas de la España predemocrática. Debajo de su extraña gorra, mezcla de modernidad, lumpen y proletariado a partes iguales, podrías adivinar unos ojos negros que miraban sin pestañear como el sapo que espera la oportunidad en que la alegre y desprevenida mosca se acerque a menos de veinte centímetros de su boca. Inmediatamente después la gente reparaba en sus extrañas patillas a medio camino entre la barba de diseño y la deconstrucción culinaria. Era un tipo especial y estaba orgulloso de ello, sabía que no pasaba desapercibido. Cuando Guillermo subió él ya llevaba un buen rato pensando en la excusa que pondría en la obra para poder coger el día libre y dedicarse a otros temas más suculentos que solicitaban su atención en exclusiva. Pensó que el nota de la peluquita en la mano era el típico pobre hombre al que se le daba el palo en una esquina oscura y el pringado perfecto para levantarle la mujer en un fin de semana en el que él está de congreso en Barcelona o durante la celebración hormonal de Santa Águeda. Un autentico ejemplar de coleccionista. Se quedó observando cómo se hacía paso a duras penas, cómo ponía cara de preocupación al rozarse con el negrito de la chaqueta blanca, la velocidad a la que se colocó detrás de los tres tipos que iban molestando a la gente con su acento extranjero. Debía ser un reprimido pensó al verle hacer oreja para enterarse de lo que decían los sudacas. El de la inevitable gorra, piel café con leche adquirida con los años y patillazas a la última, dejó de interesarse por Guillermo en el exacto segundo en el que vio con el rabillo del ojo a aquella rubia, caída de las páginas centrales de cualquier revista masculina, esperando en la parada.



Mucho tiempo después de que la rubia de pasarela hubiera dejado atrás el lugar en el que esperaba, todavía los hombres que quedaron en tierra porque no se atrevieron a seguirla o porque tenían una cita a la que no podían faltar, el velatorio de su madre o la extirpación de parte del colon de un familiar cercano, intercambiaban miradas cómplices y echaban un vaho calentorro por sus labios en forma de mazapán, mientras los más osados decían alguna obscenidad, la imaginaban en posturas de calendario o echaban mano al bolsillo del pantalón con cierto disimulo. Elena era una mujer de las que no se olvidan, cuidada melena rubia cercana a la cintura, naricilla respingona algo colorada heredada de algún antepasado eslavo, ojos caramelizados acostumbrados a mirar sin mirar para no tener que enfrentar el deseo de hombres y mujeres, causante de más de una pelea con resultado fatal y provocadora de humedades en las que florecerían sin problema todo tipo de hongos. Un silencio caliente se apoderó del lugar mientras Elena avanzaba como por una cinta transportadora hasta un sitio discreto en el que zambullirse en la lectura del primer volumen que cogió de su menguada librería. El negro, los argentinos, Guillermo y hasta la señora intentaron entrar, aunque sólo fuera por un momento, en contacto con aquella carne condensada para comprobar que era real. El peligroso, que la observaba hacía un buen rato, hizo ademán de cederle el asiento para poder contemplar con todavía mayor descaro aquel cuerpo glorioso. Guillermo lamentó no llevar sus gafas de sol, inapropiadas para una mañana de invierno a aquellas horas. Tan sólo con ellas habría podido disfrutar tranquilamente de unas piernas de atleta clavadas en unas negras botas que herían con su taconeo el suelo de plástico. De una falda que se abanicaba con inocente descaro dejando entrever el comienzo de unos muslos bien codiciados, frecuentados por amantes ocasionales y por la soledad de su habitación. También habría disfrutado de una chaqueta fuera de época, inusualmente desabrochada, que permitía fantasear con lo que a escasos e inalcanzables centímetros una leve camisa blanca y un reforzado sujetador ocultaban por el bien del orden público. Si hubiera sido amigo del patilludo gorrista se habría enterado de primera mano de todos los detalles, justo un momento después de que Elena, con una estudiada tímida sonrisa, pasara de largo ante el incipiente levantamiento de aquél. Un niño que va al colegio con la mochila de los dibujos animados de moda, cargada de libros que nunca leerá, está sentado al final y contempla la escena con una sonrisilla en los labios.



***



Guillermo empieza a sentir algo de calor, tanto ir y venir de miradas está empezando a marearle, con el estómago vacío se viaja mal, sobre todo si eres sensible a los olores que circulan por allí a esas horas. Se desabrocha el abrigo con los bolsillos excesivamente pequeños que le ha impedido esconder la peluca en la que todo el mundo ha reparado y a la que casi todos se han empeñado en buscar una explicación. Hasta Elena no ha podido dejar de echarle un rápido vistazo de soslayo aunque a ella no le habría importado explicarle el porqué de aquella intrusión pilosa. Duda un momento sobre abandonar el viaje en la siguiente parada, lejos todavía su destino, pero decide aguantar un poquito más y esperar a que pase el malestar. Hay días en los que se siente el ser más triste del mundo, casi le alegraría saber lo que el tío de la gorra piensa de él, alguien que por fin le da la razón. Acostumbrado desde pequeño a hacer lo que todos esperaban que hiciera, sus padres, los curas del colegio, sus amigos, hasta la mujer con la que se aburre desde hace trece años, ha terminado teniendo una vida que ni siquiera llega a gris, grisácea. Hoy es uno de esos días que le atrapan de repente desde abajo y le dejan un dolor a la altura del esternón y un sabor amargo entre los dientes. Entonces una idea le viene de repente a la cabeza. ¿Por qué no?. Dueño de sus actos y en perfecto uso de razón, Guillermo González Ruiz se colocó la peluca negra que su hijo no había querido llevar al colegio sobre la cabeza. Un toque de locura. Gira el cuello hacia la entrada y ve a un joven negro, aspirante a figura del jazz que guarda con mimo una trompeta en un pobre estuche, repasando nota a nota el tema que tocará en la audición que le puede abrir las puertas de un contrato discográfico. Lleva una noche sin dormir por los nervios y por los tranquilizantes mezclados con unas briznas de hierba, calidad suprema, le había dicho su compañero de piso. Se ha subido a este autobús esperando que el destino sea la gloria. No quiere tirarse otros veinte años viajando así, él aspira a coches largos en los que el cuero resbala y las mujeres se arrodillan. El negro se derrite, se convierte en chocolate blanco que empapa las sucias suelas de tres obreros que viajan hacia la nada, hacia la sucia realidad que les inunda como un algodón pegajoso. Huelen a sueño y fuman sin parar. Esa tarde saldrán de la obra, los dedos amoratados por el frío, para ver con miedo cómo los tanques han inundado su ciudad, unos militares con cara de pocos amigos les dicen que corran a casa, que se acabó la fiesta y que qué cojones están mirando. De momento, Guillermo sólo ve a tres parias que van soltando yeso y cemento, con un poco de agua podrían construir una barricada o una tumba donde enterrar al enemigo. ¿Qué miras, amigo?. Se deshacen poco a poco dejando en suspenso unas partículas rojas y moradas que reverberan con la tímida luz de invierno como las lentejuelas de la reina del carnaval de Río. Vuelve la mirada intimidado por un policía marrón que anota su cara en una libreta, esta noche le buscará por las calles, será mejor que no le encuentre, tendría un mejor final si le atrapara una boa constrictora en época de apareamiento. Las motas rojipúrpuras van a poner perdida, al ritmo del Bolero de Ravel, a la estirada que se aprieta contra la pared y oculta el bolso de la mirada de los desarrapados. Falda tableteada, permanente a la moda, un quiero y no puedo en su porte, no estaría mal si no fuera por esa nariz fuera de sitio, fuera del eje de ordenadas y abscisas, y esos lamentables pómulos de campesina recién aterrizada en la ciudad. Le gustaría conocer su rostro mañana, un hoyuelo a lo Ava Gardner no le sentaría mal. Huele a leche agria y arruga la frente agobiada por una sensación mediocre. Una turista naturista podría coleccionar miniaturas hechas de lejía suspendidas en formol que giran al compás de las notas de una caja de música. Tensión entre las rendijas de la memoria. Si alguien le diera un plano no le importaría desgarrar su triste abrigo y descubrir si tiene algo que ocultar. Cocción a fuego lento, cuatro minutos para ganarlo todo y superar la marca escondida. Los párpados se le pegan como las obleas de Don Marcelino en el paladar. El inconsciente colectivo se embadurna de anisetes y azúcar espolvoreado que hace estornudar al pilluelo que no deja de mirar el bolso de la señorita del virginal pecho. Guillermo juraría que lleva un pasamontañas enrollado a la altura de las cejas, de las cicatrices que atraviesan sus cejas. Es casi un niño que no se sienta porque su padre le despellejó el culo con el cinturón de cuero. Hay días que los revueltos y machacados no le sientan muy bien, mucho menos si ha perdido a las cartas y cuando llega a casa rechina los dientes porque la cena no está preparada. Algún día acabaré contigo, maldito cabrón, parece llevar escrito el chaval en la palma de la mano. Hoy ha madrugado para no ir al colegio, para perseguir el futuro en los futbolines, rompiendo cristales y poniendo petardos en las mierdas de los perros. Quizá termine clavándole unas tijeras si la cerveza le da fuerzas, el reformatorio no puede ser peor. El bolso se disuelve ante sus ojos cuando ve a la niña que espera para subir. Uniforme azul marino que va bien con sus ojos de marino celeste, azul que parece negro al contacto de su cabello color vainilla, de su sonrisa de peladilla sin almendra. La colegiala pasa entre los pasajeros dejando a los lados una extraña sensación. Podría pasarse el resto de la vida dibujando su perfil altivo en papel cebolla sobre las frías ventanas de su casa de extrarradio. No recuerda nada más dulce que el algodón de azúcar de las ferias, nada que se pueda comparar a la flaquita que aprieta la carpeta, llena de fotos de actores y cantantes, sobre sus tiernos montes aún no explorados. Empieza a llover coco, hilos blancos de coco rallado que se enredan en los rizos negros de la peluca. Aguanta las ganas de vomitar. Al final del todo, un niño se volatiliza en millones de espermatozoides que se meten las manos en sus abrigos de grandes bolsillos, que buscan un lugar en el que poder jugar y dar vueltas sin parar, el tiempo se acaba y deberían afilar sus colas si algún día quieren formar la sonrisa de un niño en un autobús que rasga la ciudad en una fría y monótona mañana de invierno.



A Guillermo le duele la cabeza, le duele mucho, es como si alguien se estuviera entreteniendo en partir almendras sobre su cabeza plac plac plac. Les está triturando a todos, el calor les tuesta la piel, y el miedo junto a los sueños olvidados les ligará para siempre en un dulce irrompible impregnado de miel y azúcar quemado coronado por unos puntitos negros en forma de dientes careados. Y Guillermo González Ruiz se quitó la peluca.



***



Lo primero que recuerda es la cara blanca del negro que se estremeció al verse reflejado veinte años atrás. Siente que se ha olvidado la trompeta, ni siquiera recuerda la melodía que un día creyó inmortal y que le cambiaría la vida. Ahora se marchita entre las vías del tren, junto a la Salsola que se enrosca entre los dedos de sus manos. Toca el timbre y se baja espantado, con ganas de llorar.



Aprieta fuerte la maldita peluca, el sudor es pegajoso y huele amarillo. Los argentinos se miran sin comprender, sin comprenderle, cómo les gustaría tener un diván y descalzarse antes de subirse en grupo para empezar la regresión hipnótica. Se les mezclan los tricornios con las gafas de sol, los bigotitos y bigotazos ridículos con el verde oliva y los desfiles. La represión no entiende de fronteras y el miedo a la libertad circula sin pasaporte. Los hijos trasatlánticos besarán a la madre que les dejó olvidados. Un ruido de cáscaras en el suelo es mejor que el de unas cadenas en los pies. El negro les ha mostrado el camino y se bajan desorientados.



La mujer hecha a sí misma casi no se ha reconocido. O no ha querido. Uno no cambia por dentro por mucho que se empeñe por fuera. La voz nos acompaña desde la escuela hasta el final del trayecto. Temió que su dinero no hubiera servido de nada, que todo hubiera sido un mal sueño. Nunca debió subirse. La marca del bolso se le ha grabado en la palma de la mano. Era un ser extraño, aquel abrigo y sus pequeños bolsillos inservibles habían tenido la culpa. Le gustaría llorar pero no recuerda si puede hacerlo.



Qué fuerte, por un momento había creído que era su padre el que le esperaba en la parada. Sabe muy bien que no puede ser así. Los muertos sólo vuelven a dar por el culo en las películas. Una inscripción en el dorso de su antebrazo le recuerda que todo está en orden. Ya no volverás. Mira con recelo la peluca y lamenta que sus amigos no le hayan llamado para ir a tirar piedras al tren que se escapa hacia el mar atravesando campos de basura despedidos por las sábanas en las ventanas. Si tiene suerte todavía puede darle el palo al tonto de la peluca de las narices.



Elena sigue sin saber qué pensar. Las rubias no están hechas para pensar le decía su profesor de latín jadeándole al oído. Mira a su alrededor y no ve ninguna niña, debía ser un error. El tiovivo siempre le produjo vértigo, terminaba confundiendo las caras, los nombres, las voces de otros cuerpos y los vestidos enmarañados como en los columpios después de misa. Por lo menos han dejado de mirarle durante un rato que a ella le pareció eterno. Ser una más era un buen trabajo.



El niño sigue sonriendo tras el viaje en el tiempo y el espacio. No termina de comprender lo que ha pasado pero sigue sonriendo. Tiene que pedirle a sus padres que le compren una peluca como la del señor del abrigo elegante con cara de mareado, piensa mientras despega algo pegajoso que se le ha quedado entre los dientes y le ha dejado un sabor agridulce en la boca. Guillermo le mira aliviado, él también ha encontrado el camino de vuelta. Ha decidido que tirará la peluca en el primer contenedor que vea y que no se lo contará a nadie. Quién se lo iba a creer.